Marco-Hugo Landeta Vacas
Written on 10/11/2025
(CASTELLANO) Piscina infinita es una de esas pelĂculas que te dejan con sensaciones encontradas: hipnĂłtica, enfermiza y, al mismo tiempo, difĂcil de digerir. Brandon Cronenberg confirma aquĂ que la genĂ©tica pesa, y mucho. Hay ecos del cine de su padre —ese terror fĂsico y psicolĂłgico tan propio de David Cronenberg—, pero con una mirada más nihilista, más sucia, más retorcida.
La premisa es sencilla: un resort paradisĂaco que esconde un infierno moral donde los ricos pueden hacer lo que quieran sin consecuencias reales. Pero lo que parece una crĂtica social acaba convirtiĂ©ndose en una pesadilla sensorial, llena de sangre, sexo y alucinaciones que se confunden con la realidad. Es cine de autor en estado puro, provocador, incĂłmodo y, por momentos, fascinante.
Alexander SkarsgĂĄrd está brillante en su descenso al abismo, y Mia Goth, directamente, roba la pelĂcula. Su presencia es hipnĂłtica, entre la locura y la seducciĂłn, como si fuera una versiĂłn contemporánea del mal absoluto. Es de esas actuaciones que incomodan solo con una mirada o una sonrisa.
La atmĂłsfera, el sonido, la iluminaciĂłn, todo contribuye a generar una sensaciĂłn de asfixia. No hay escapatoria, ni fĂsica ni mental. Y aunque a veces el discurso se diluye entre tanto exceso, la pelĂcula logra exactamente lo que pretende: que salgas del cine perturbado y con la sensaciĂłn de haber visto algo que no se borra fácilmente.
No es para todos los públicos. Es dura, grotesca y profundamente enfermiza, pero también es una experiencia cinematográfica única, de esas que no se olvidan. Piscina infinita es el reflejo oscuro del placer, del poder y de la impunidad. Una invitación a mirar lo peor del ser humano… y reconocerlo.
(ENGLISH) Infinity Pool is one of those films that leaves you conflicted: hypnotic, sickening, and yet impossible to look away from. Brandon Cronenberg proves that genetics matter — the shadow of his father’s cinema is there, with that mix of body horror and psychological decay, but filtered through a colder, more nihilistic gaze.
The premise is simple: a luxurious resort hiding a moral hell where the wealthy can act without consequence. What begins as a social satire soon mutates into a sensory nightmare of blood, sex, and hallucination. It’s pure auteur cinema — provocative, disturbing, and, at times, fascinating.
Alexander Skarsgård is excellent in his descent into madness, but Mia Goth steals the show. She’s hypnotic — a perfect embodiment of seductive insanity, a contemporary face of evil. Every smile, every glance, unsettles you.
The atmosphere, sound, and lighting work together to create an unbearable sense of claustrophobia. There’s no escape, physical or mental. And though the narrative sometimes drowns in its own excess, the film achieves exactly what it wants: to disturb, to leave its mark, to linger in your mind.
It’s not for everyone. It’s grotesque, dark, and deeply unsettling — but also a unique cinematic experience. Infinity Pool is a reflection of pleasure, power, and moral decay. A mirror held up to the worst in us… and one we can’t look away from.